No es nada nuevo que España no tiene un nivel alto de inglés. En 2019, el ranking publicado por EF nos situaba en el puesto 35 en dominio del inglés a nivel mundial y en el número 25 en Europa. Estos resultados no nos sorprenden especialmente. De hecho, parece haberse instalado una especie de frustración colectiva que propicia una cierta aceptación de este hecho como algo inherente a nosotros, como si la sociedad española estuviera biológicamente diseñada para ser menos competente a la hora de adquirir un idioma extranjero.
Quizá este complejo que nos acompaña haya sido el causante del gran furor que ha desatado la educación bilingüe en nuestro país en los últimos años, particularmente en los territorios monolingües, no tan acostumbrados a la enseñanza a través de segundas lenguas. Dar un paseo por cualquier localidad española es suficiente para constatar que cada vez son más los centros educativos con el distintivo ‘Colegio bilingüe’ colgando de su fachada.
Sin embargo, entre los padres y profesores también se han levantado voces críticas con algunas reticencias hacia la educación bilingüe. Curso tras curso, soy la profesora encargada de recibir a los alumnos del Máster en Educación Bilingüe de la Universidad Internacional de Valencia. Mis alumnos, titulados en Magisterio, empiezan este Máster con un contacto diverso con este tipo de enseñanza. Algunos son recién graduados, otros están en activo; otros incluso ya tienen experiencia enseñando en inglés y se matriculan con el objetivo de ampliar su formación y perfeccionar su labor docente. En nuestra primera clase, compartimos las creencias extendidas de las que todos hemos oído hablar, las debatimos y también desmontamos algunos de esos mitos gracias a lo que la evidencia científica nos aporta tras décadas de investigación.
Uno de los mayores miedos está relacionado con el supuesto aprendizaje de una segunda lengua a costa de la lengua materna. Son muchos los que consideran que no se debería aprender una lengua extranjera hasta que la propia esté bien asentada. En cambio, sí que existe un consenso generalizado acerca de que la mejor manera de aprender un idioma es la inmersión lingüística y todos envidiamos a los niños pequeños que han pasado su infancia en un país extranjero. A nadie le parece una atrocidad que esos niños estén escolarizados en los países donde residen y en los que, naturalmente, no aprenderán Matemáticas o Ciencias Naturales en castellano. Entonces, ¿por qué no en nuestros colegios? La inmersión lingüística en edades tempranas y de manera natural también puede darse dentro del aula. El objetivo de la educación bilingüe es precisamente proporcionar a los niños ese entorno natural de aprendizaje donde puedan comunicarse sin ningún tipo de complejo, en una etapa donde todo surge del juego.
Con respecto a la lengua materna, los numerosos estudios que llevan haciendo seguimiento de esta cuestión desde que se implantaran los programas de inmersión en Canadá en los años 60, han demostrado que, lejos de perjudicar al dominio de la primera lengua, estos programas la mejoran. Esto es debido principalmente a que los alumnos van adquiriendo un mayor conocimiento sobre cómo funcionan las lenguas, lo que les permite a su vez desarrollar habilidades y herramientas lingüísticas aplicables también a su lengua materna. Hoy en día sabemos que las lenguas están interconectadas en el cerebro y se producen transferencias entre ambas a nivel cognitivo, lo que se conoce como una ‘competencia subyacente común’, teoría desarrollada por Jim Cummins en los años 80. De este modo, al desarrollar la segunda lengua, estamos favoreciendo también el desarrollo de la primera. Finalmente, esto repercute positivamente también a nivel académico, donde los resultados de los alumnos de grupos bilingües también son superiores, tal y como se ha demostrado con los primeros alumnos de esta modalidad que ya han superado las pruebas de acceso a la universidad.
En definitiva, es natural y comprensible sentir cierto recelo ante algo que nos ha invadido y ha transformado la educación en tan sólo unos pocos años. Pero tenemos que ser pacientes, ya que como en otras muchas facetas, los resultados no son inmediatos y no podemos esperar que se produzcan de un día para otro. Los veremos en nuestros hijos y alumnos a medio y largo plazo, pero duraderos y bien asentados.
MARTA JAÉN CAMPOS – Consultora de Innovación de Programa en Máster Universitario en Educación Bilingüe

Licenciado en Ciencias Biológicas con más de 30 años de experiencia en educación como docente en el Centro de formación ACN y creador de Blogs educativos: educapeques.com, educayaprende.com, escuelaenlanube.com, docenciaparalaformacionenelempleo.es. Actualmente imparto cursos de formación profesional en la Academia de Valdepeñas